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martes, enero 21, 2003

 
DSS – C8

“Próxima estación, Findikzade” – se oía en los altavoces del vagón.
Estaba cansado y solo me apetecía llegar a casa, tumbarme en mi cama, y escuchar el último disco de Hakan Peker. Al llegar a la puerta de casa tuve la extraña sensación de que algo no iba bien. En ese instante escuché a mi madre llorar desde la habitación de mi hermana. Como pude abrí la puerta de casa y corrí en su ayuda. Hacía años que Sibel sufría una enfermedad degenerativa que la iba mermando. Con el paso del tiempo su piel se había tornado áspera, y de un color amarillento, y su carácter también. Su extrema delgadez, cada vez más visible, la hacía más vulnerable, si cabe, ante todos nosotros. No existía en toda Turquía un médico especialista que pudiese tratar su dolencia con conocimiento de causa. Todo eran hipótesis. Mi madre sufría mucho por este motivo y ya casi le era imposible no mostrar su dolor ante los efectos de la enfermedad. He de admitir que Sibel era mi hermana preferida, mi amiga y confidente, desde muy pequeños y aquella situación desproporcionada me hundía, dejándome casi sin respirar. Aquel día, parte de su largo cabello castaño se había quedado pegado en la almohada.

-Dios mío, porque nos has mandado este castigo – imploraba mi madre.
-Sibel, como te encuentras hoy – le dije para restarle importancia a lo sucedido.
-Mejor hermano. ¿Cómo ha ido tu jornada de guía? – me preguntó divertida.
-Bien, luego te cuento. – le dije y la besé en la frente como si fuera mi hija.

Ya fuera de la habitación me dirigí a mi madre.

-Mamá no vuelvas a montar un numerito como éste. Sibel necesita personas que le den fuerza y no que se la quiten. Bastante duro le está siendo todo esto a ella como para que tú le digas que Alá nos está castigando. Puede que sea verdad – le dije con convicción – pero Sibel no ha de saberlo.
-Es que no soporto ver así a tu hermana, consumida, sin fuerza. Esto es un castigo.
-¡Basta ya mamá! – le grité - Mi hermana está débil, y deberías apoyarla.

Como era inútil seguir intentando hacer razonar a mi madre en ese estado, me marché a mi habitación a descansar.

Por la noche había quedado con Davut, para ir a La Gil-la Bar, frente a Santa Sofía. Era un lugar de encuentro para todos mis amigos, no muy numerosos por cierto. Para acceder a este pub era necesario tomar un ascensor desde una portería vieja y destartalada próxima al resturante Omar. Eran 3 pisos hasta la oscura sala. Siempre nos reuníamos los sábados noche para vernos y contarnos que tal nos había ido la semana, planificar salidas y hablar de nuestros sueños y pesadillas. Les expliqué mi aventura como guía y todos se echaron a reír. Luego en privado le conté a Davut que me había fijado en uno de los turistas del grupo. Él tuvo un par de experiencias hace un año con 2 turistas alemanes, pero el asunto acabó bastante mal puesto que llegó a oídos del Ministerio de Turismo Turco y le sancionaron 2 meses. Me alertó de que fuera con cuidado y no me dejara ver con turistas por ningún lugar de la ciudad. Hasta la fecha mis experiencias sexuales se reducían a mi grupo de amigos entre ellos Dávut, hace ya algunos años, Onur y Murat, este último hasta hace apenas 3 meses.

-Me encanta esta canción - me dijo Dávut - ¿Vienes a la pista?
-A mi también, vamos allá - le contesté. Era "Never can say goodbye" de Gloria Gaynor.

Aquella noche estuvimos bailando hasta muy tarde, y nos retiramos casi al amanecer, justo antes de que los primeros rayos de sol rozaran el sexto minarete de la Mezquita Azul. Al llegar a casa vi la puerta de la habitación de Sibel entreabierta. Entré, me acerqué a ella y le dije al oído que la quería, que iba a estar con ella siempre, para lo bueno y para lo no tan bueno. En su cara triste se esbozó una sonrisa devolviéndole por un momento la luz que había ido perdiendo durante todos esos años.







lunes, enero 20, 2003

 
DSS - C7

Volví a mi posición, delante del autobús, agotando los últimos minutos antes de las 12. Me quedé mirando fijamente el puente de Gálata y el bósforo, transmitiéndome paz y serenidad. Es una imagen que dejo fluir en mi mente muy a menudo para relajarme y evitar cualquier tipo de tensión. El Bósforo, el sonido del agua, las pequeñas barcas surcando las olas, pescadores en busca de minúsculas víctimas, los últimos rayos de sol postrándose en el infinito del cielo, la sombra de las mezquitas sobre gente deambulando por las calles, la llamada a la oración..la llamada a la oración, esa plegaria que estremece las sombras de mi alma, que a veces me empuja a acercarme a la mezquita mas cercana para entrar en ella y entrar en trance.

-Disculpa, falta mucha gente por venir? - me dijo Pascal.
-Pues no mucha, solo dos personas y tú..Es la primera vez que vienes a Turquía? - me atreví a preguntarle.
-Sí, vuestro país es fascinante. ¿Has estado alguna en Francia vez? - me lanzó con curiosidad.
-No, jamás he cruzado la frontera. Pero me encantaría visitarla alguna vez - invítame, pensé.

Tuve que interrumpir la conversación porque se nos hacía tarde y debíamos ir a almorzar para luego realizar un paseo en barco por el río. Pero sabía perfectamente que mi charla con Pascal había sido una especie de presentación mutua. Durante el resto de la tarde él parecía ausente, y apenas me miraba. Yo no podía apartar mis ojos de la comisura de sus labios carnosos y muy rosados. Mientras yo hablaba y hablaba sobre las maravillas de la ciudad, pero con la mirada fija en su boca.

Sulima se acercó a mi y me abrazó. Yo la besé y le dije que se calmara. Despues balbuceó:

-Kemal, dile a la Tía que se marche...parece que esta deseando que nos despistemos para llevarse las escrituras de los hoteles... por favor, echala - decía muy sofocada.
-No puedo hacer eso, hermana. Hoy no hablaran del tema. Deja que acabe este infierno y se iran por su propia voluntad. Mañana regresarán para hablar de la herencia y todos tendremos más fortaleza para enfrentarnos a ellos - le dije con firmeza.

Mi tía Emel era la hermana menor de mi fallecido padre. Se quedó viuda a los 25 años pero no dudó en casarse 6 meses más tarde, para indignación de toda su familia por haberse saltado el luto correspondiente. Era lo que se llamaba una mujer sin honor, ambiciosa y vividora, que durante muchos años había ido rompiendo los lazos familiares que nos unían a todos. Junto a ella, mis primos, de la misma raza mezquina y miserable que ella. Aquel día, bajo su manto de lágrimas, se escondía el rostro del triunfo, de la victoria familiar que siempre había buscado: los inmuebles de Sultanhamet, o lo que es lo mismo, la única fortuna de nuestra familia. Inmediatamente despues de la muerte de mi padre, ella pasaba a ser la heredera de todo. Todos lo sabíamos y temblabamos al pensar que ella gestionara o administrara dichos hoteles. Las garras afiladas de mi tia Emel empezaban a ser visibles esa misma tarde.






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