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martes, enero 21, 2003

 
DSS – C8

“Próxima estación, Findikzade” – se oía en los altavoces del vagón.
Estaba cansado y solo me apetecía llegar a casa, tumbarme en mi cama, y escuchar el último disco de Hakan Peker. Al llegar a la puerta de casa tuve la extraña sensación de que algo no iba bien. En ese instante escuché a mi madre llorar desde la habitación de mi hermana. Como pude abrí la puerta de casa y corrí en su ayuda. Hacía años que Sibel sufría una enfermedad degenerativa que la iba mermando. Con el paso del tiempo su piel se había tornado áspera, y de un color amarillento, y su carácter también. Su extrema delgadez, cada vez más visible, la hacía más vulnerable, si cabe, ante todos nosotros. No existía en toda Turquía un médico especialista que pudiese tratar su dolencia con conocimiento de causa. Todo eran hipótesis. Mi madre sufría mucho por este motivo y ya casi le era imposible no mostrar su dolor ante los efectos de la enfermedad. He de admitir que Sibel era mi hermana preferida, mi amiga y confidente, desde muy pequeños y aquella situación desproporcionada me hundía, dejándome casi sin respirar. Aquel día, parte de su largo cabello castaño se había quedado pegado en la almohada.

-Dios mío, porque nos has mandado este castigo – imploraba mi madre.
-Sibel, como te encuentras hoy – le dije para restarle importancia a lo sucedido.
-Mejor hermano. ¿Cómo ha ido tu jornada de guía? – me preguntó divertida.
-Bien, luego te cuento. – le dije y la besé en la frente como si fuera mi hija.

Ya fuera de la habitación me dirigí a mi madre.

-Mamá no vuelvas a montar un numerito como éste. Sibel necesita personas que le den fuerza y no que se la quiten. Bastante duro le está siendo todo esto a ella como para que tú le digas que Alá nos está castigando. Puede que sea verdad – le dije con convicción – pero Sibel no ha de saberlo.
-Es que no soporto ver así a tu hermana, consumida, sin fuerza. Esto es un castigo.
-¡Basta ya mamá! – le grité - Mi hermana está débil, y deberías apoyarla.

Como era inútil seguir intentando hacer razonar a mi madre en ese estado, me marché a mi habitación a descansar.

Por la noche había quedado con Davut, para ir a La Gil-la Bar, frente a Santa Sofía. Era un lugar de encuentro para todos mis amigos, no muy numerosos por cierto. Para acceder a este pub era necesario tomar un ascensor desde una portería vieja y destartalada próxima al resturante Omar. Eran 3 pisos hasta la oscura sala. Siempre nos reuníamos los sábados noche para vernos y contarnos que tal nos había ido la semana, planificar salidas y hablar de nuestros sueños y pesadillas. Les expliqué mi aventura como guía y todos se echaron a reír. Luego en privado le conté a Davut que me había fijado en uno de los turistas del grupo. Él tuvo un par de experiencias hace un año con 2 turistas alemanes, pero el asunto acabó bastante mal puesto que llegó a oídos del Ministerio de Turismo Turco y le sancionaron 2 meses. Me alertó de que fuera con cuidado y no me dejara ver con turistas por ningún lugar de la ciudad. Hasta la fecha mis experiencias sexuales se reducían a mi grupo de amigos entre ellos Dávut, hace ya algunos años, Onur y Murat, este último hasta hace apenas 3 meses.

-Me encanta esta canción - me dijo Dávut - ¿Vienes a la pista?
-A mi también, vamos allá - le contesté. Era "Never can say goodbye" de Gloria Gaynor.

Aquella noche estuvimos bailando hasta muy tarde, y nos retiramos casi al amanecer, justo antes de que los primeros rayos de sol rozaran el sexto minarete de la Mezquita Azul. Al llegar a casa vi la puerta de la habitación de Sibel entreabierta. Entré, me acerqué a ella y le dije al oído que la quería, que iba a estar con ella siempre, para lo bueno y para lo no tan bueno. En su cara triste se esbozó una sonrisa devolviéndole por un momento la luz que había ido perdiendo durante todos esos años.







lunes, enero 20, 2003

 
DSS - C7

Volví a mi posición, delante del autobús, agotando los últimos minutos antes de las 12. Me quedé mirando fijamente el puente de Gálata y el bósforo, transmitiéndome paz y serenidad. Es una imagen que dejo fluir en mi mente muy a menudo para relajarme y evitar cualquier tipo de tensión. El Bósforo, el sonido del agua, las pequeñas barcas surcando las olas, pescadores en busca de minúsculas víctimas, los últimos rayos de sol postrándose en el infinito del cielo, la sombra de las mezquitas sobre gente deambulando por las calles, la llamada a la oración..la llamada a la oración, esa plegaria que estremece las sombras de mi alma, que a veces me empuja a acercarme a la mezquita mas cercana para entrar en ella y entrar en trance.

-Disculpa, falta mucha gente por venir? - me dijo Pascal.
-Pues no mucha, solo dos personas y tú..Es la primera vez que vienes a Turquía? - me atreví a preguntarle.
-Sí, vuestro país es fascinante. ¿Has estado alguna en Francia vez? - me lanzó con curiosidad.
-No, jamás he cruzado la frontera. Pero me encantaría visitarla alguna vez - invítame, pensé.

Tuve que interrumpir la conversación porque se nos hacía tarde y debíamos ir a almorzar para luego realizar un paseo en barco por el río. Pero sabía perfectamente que mi charla con Pascal había sido una especie de presentación mutua. Durante el resto de la tarde él parecía ausente, y apenas me miraba. Yo no podía apartar mis ojos de la comisura de sus labios carnosos y muy rosados. Mientras yo hablaba y hablaba sobre las maravillas de la ciudad, pero con la mirada fija en su boca.

Sulima se acercó a mi y me abrazó. Yo la besé y le dije que se calmara. Despues balbuceó:

-Kemal, dile a la Tía que se marche...parece que esta deseando que nos despistemos para llevarse las escrituras de los hoteles... por favor, echala - decía muy sofocada.
-No puedo hacer eso, hermana. Hoy no hablaran del tema. Deja que acabe este infierno y se iran por su propia voluntad. Mañana regresarán para hablar de la herencia y todos tendremos más fortaleza para enfrentarnos a ellos - le dije con firmeza.

Mi tía Emel era la hermana menor de mi fallecido padre. Se quedó viuda a los 25 años pero no dudó en casarse 6 meses más tarde, para indignación de toda su familia por haberse saltado el luto correspondiente. Era lo que se llamaba una mujer sin honor, ambiciosa y vividora, que durante muchos años había ido rompiendo los lazos familiares que nos unían a todos. Junto a ella, mis primos, de la misma raza mezquina y miserable que ella. Aquel día, bajo su manto de lágrimas, se escondía el rostro del triunfo, de la victoria familiar que siempre había buscado: los inmuebles de Sultanhamet, o lo que es lo mismo, la única fortuna de nuestra familia. Inmediatamente despues de la muerte de mi padre, ella pasaba a ser la heredera de todo. Todos lo sabíamos y temblabamos al pensar que ella gestionara o administrara dichos hoteles. Las garras afiladas de mi tia Emel empezaban a ser visibles esa misma tarde.







martes, enero 07, 2003

 
DSS - C6

-Mamá deja de llorar, saldremos adelante.

Era lo único que se me ocurría decirle a mi madre cuando regresamos del velatorio:

-Aun no puedo creerlo, aun no puedo creerlo... que Alá nos proteja !! - repetía mi hermana Sulima, muy dada a este tipo de dramas en presencia de extraños.

Miraba la escena como un espectador ajeno a los sucesos, como si se tratase de un episodio piloto de una serie de televisión con pocas posibilidades de ser emitida. Mis hermanos sujetándose las manos, mi madre con la mirada perdida, mis sobrinos sin saber que estaba pasando realmente, la familia de mi padre con el pensamiento puesto en las escrituras de la tienda e inmuebles varios, algún vecino compadeciéndose de mi familia y algún otro movido por el morbo y el aburrimiento, presenciaban todos ellos la desgracia. Mientras, yo me apoyaba en una pared, imaginando en que iba a cambiar nuestras vidas el hecho de que mi padre ya no estuviera con nosotros. Nunca tuvimos una relación muy cordial, puede que debido a que el supiese mejor que yo mis tendencias sexuales desde bien pequeño (ningún miembro de mi familia lo sabe) y eso es algo que le debía producir cierta aversión a la hora de acercarse a mi. Así que el afecto que no encontraba en él, como cualquier ser humano, lo busqué en mi madre y hermanas.

-Cuanto tiempo tenemos disponible? - preguntó Pascal.
-¿Como? ¿Perdon? Ah, sí... sí, sí ...pues 20 minutos. Quedaremos en este mismo lugar a las 12.
-Sí.... Claro - decia mientras me sonreía.


Era evidente que se trataba de la primera experiencia como guía, y mis clientes eran franceses, pero no idiotas. El pasillo central del Bazar ofrece al visitante una variedad muy amplia de productos típicos de la ciudad, además de un placer para la vista con tantos colores y aromas. Desde el rojo intenso al amarillo más vivo, del azul añil al verde hierba...El ruido ensordecedor de los vendedores ambulantes, el rumor de las pequeñas corrientes del río, la multitud agolpándose a la entrada del mercado, son estampas de la ciudad que caracterizan la parte antigua de Estambul. Me acerqué, sin ganas, a la tienda de mi padre a saludarle, ya que sino lo hacía y algún compañero de él me veía en el Bazar, podría significar una ofensa muy grave.

-Hola padre - le dije después de besarle- Estoy con un grupo de turistas que me ha dejado Dávut y.....
-Ya te dije que no aceptaras ese trabajo...¿Sabes que la policía puede detenerte? Pondrías en un compromiso muy grave a nuestra familia. Nunca me haces caso, siempre haces lo que te viene en gana. ¡¡¡¡ Márchate de aquí ahora mismo, que nadie te vea conmigo.. !!! - me sermoneó.
-Pero padre, es un favor a Dávut..- le dije justificándome.
-Márchate Kemal! - me respondió severamente.







martes, diciembre 31, 2002

 
DULCES SUEÑOS SULTÁN - CAPÍTULO QUINTO

Los tenía que recoger el martes en el Hotel President y llevarlos al Bazar de las Especies para luego realizar un paseo por el Bósforo. Dávut me entregó el itinerario la tarde anterior y me puse en contacto con el chófer. Era la primera vez que hacía algo así y estaba bastante nervioso. Llegué a la recepción y todos me estaban esperando. Me presenté, les di la bienvenida al país y les conduje hasta el autobús que nos iba a transportar. Mientras daba mis explicaciones, previamente estructuradas por mi amigo, me iba fijando en el tipo de clientes que eran. Edades comprendidas entre 30 y 55 años, bien vestidos con ropas de marca, dispuestos a dejarse llevar por la cultura que les envolvía, y sobretodo a comprar, a gastar todos sus francos en recuerdos de Estambul, plata, cerámica y muchas alfombras. Eran la presa perfecta para llevar a fábricas y comercios. Iba a sacar buena tajada de ellos, o por lo menos eso es lo que siempre decía Dávut de sus grupos.

Entre todos ellos me fijé en él: moreno, ojos color miel y cabellos castaños, algo rebeldes, como recién levantado. Iba acompañado de una chica, ¿su novia, su esposa? No, debía ser su hermana o una amiga. Tampoco estaba casado ni estar entre sus planes de futuro hacerlo. Le miraba cuando parecía distraído. Y él a mi también. Pero durante ese día todo se redujo a eso, a miradas. Como es de suponer, no es fácil mostrar tus preferencias sexuales en publico en esta ciudad, ni siquiera con turistas. Súbitamente me acordé del libro de Antonio Gala. Era fácil fantasear con aquella situación: yo, el guía acompañante; él, el viajante despreocupado y con ganas de vivir una aventura. Claro que esta vez ni yo era Yamam, ese fornido turco inexistente en este país, ni él era una voluptuosa Desideria.





viernes, diciembre 27, 2002

 
DULCES SUEÑOS SULTÁN - CAPÍTULO CUARTO

Mi familia pertenece a una clase mas bien privilegiada de esta ciudad, si lo comparamos con el turco de a pie. Debido a unos alquileres que mi abuela poseía en unos inmuebles de Sultanhamet, en mi casa ,siempre o casi siempre, existió la abundancia. Estos alquileres son ahora tres hoteles de 4 estrellas que sirven para grupos de españoles e italianos que vienen de visita. El turismo es una gran fuente de ingresos para nosotros los turcos, es evidente, y quien más y quien menos siempre saca partido de este sector. Incluso yo, a veces, he hecho de intérprete para algunos grupos de franceses, de manera no legal claro, ya que es necesaria una autorización expresa del gobierno para poder ejercer como tal. Fue en uno de esos trabajos esporádicos donde conocí a Pascal. Era principios de junio del año 1996 y me llamó un amigo que trabaja de guía de la ciudad para pedirme un favor. Dávut y yo habíamos coincidido años atrás en la facultad de económicas pero él se dedico al turismo, quizá por tener un don de gentes más desarrollado que yo. El 80% de las personas que viven en Estambul o alrededores se dedica a ello. Ambos habíamos estudiado francés como asignatura optativa durante toda la licenciatura, con lo cual teníamos un nivel medio-alto. Siempre hemos estado en contacto porque nuestras vidas tomaron caminos muy similares.

-Solo necesito que me sustituyas dos dias, Kemal. Nadie se va a enterar. Son un grupo de unas veinte personas que vienen de Lyon. Los Franceses son muy generosos si se les trata bien. Te ganaras buena propina y además yo te daré la mitad de mis honorarios.
-Está bien, pero ten en cuenta que lo hago porque me lo pides como favor. Espero que esto no se convierta en rutina. Soy muy tímido, lo sabes y hablar en público me aterra.

La única vez que recuerdo haberlo hecho fue durante una celebración del comienzo del Ramadán en la secundaria. Yo tenía 13 años, era un adolescente inseguro y con el unico apoyo de mis profesores y su fé ciega en mi. Todos mis compañeros de clase me miraban fijamente, atónitos. Yo estaba postrado en una improvisada tarima de madera en la sala de actos de mi escuela, frente a 300 alumnos. Entre sonrisas malvadas y susurros sospechosos del gentío congregado en aquel lugar oscuro comencé a hablar de la importancia del Corán en nuestra educación y convivencia. De repente entre la primera fila del público asistente se suscitaron leves risas que acabaron por convertirse en sonoras carcajadas. Mis padres no dabán crédito a lo sucedido. Me había meado encima. Salí como pude de la sala, cabizbajo, dejando un rastro de orina en el suelo, como un caracol recién despierto desplazándose por una superficie lisa y plana.






martes, diciembre 24, 2002

 
DULCES SUEÑOS SULTÁN - CAPÍTULO TERCERO

Recuerdo que cuando era solo un niño me disfrazaba con la ropa de mi madre, me colocaba un postizo de pelo en la cabeza y le cantaba a mis hermanas los últimos éxitos que se oían en la emisora local. El salón de mi casa se convertía en una tarima de espectáculo. Cubríamos la mesa de madera oscura con un mantel azul con bordados rojos y dorados. Después apagabamos la luz y mis hermanas me enfocaban con una linterna vieja, casi sin potencia. Lo hacía cuando mi padre se había marchado a trabajar a la tienda del Bazar. Era un local pequeño, cálido, lleno de colores diferentes y olía a curry, almizcle, pimienta, albahaca.. y un sinfín de aromas embriagadores que se colaban por la nariz y llegaban a lo más profundo del alma. Para algunas personas estos olores no son agradables, mas bien lo contrario, pero yo, afortunadamente he crecido con ellos y me hacen recordar mi niñez. Un día mi padre llegó antes de lo previsto a casa debido a un accidente en la tienda.

-Kemal!! Que haces así vestido !!!! Y vosotras, como lo permitís ? Quítate esa ropa ahora mismo... tu no eres una niña ! Eres un niño y los niños no se visten con la ropa de su madre ni hacen esas cosas !!! O es que no eres un niño?

Acto seguido me golpeó en la cara tirándome al suelo. Mi padre era muy alto y fuerte. Sus amigos del bazar le llamaban Hércules por su gran fortaleza y sus rasgos griegos. Realmente mi padre no parecía turco, claro que eso pasa en todas partes. Gente que debería tener unos rasgos determinados según su lugar de nacimiento e inexplicablemente tienen una apariencia extranjera. ¿Quién no conoce a alguien así?. En mi caso, y mirándome al espejo es evidente que he nacido en esta ciudad y no cabe la menor duda que soy de aquí.







lunes, diciembre 23, 2002

 
DULCES SUEÑOS SULTÁN - CAPITULO SEGUNDO

Mi padre ha muerto. Mi padre ha muerto. Me lo repetí varias veces para hacerlo cierto en mi cabeza. Dejé en la mesa las carpetas que sostenía en la mano y me fui hacia el servicio sin saber adonde mirar, que decir y, peor aún, sin saber que sentir. Levanté la taza del inodoro y vomite todo el desayuno, rápido, sin darme tiempo a otra arcada. Cuando digo desayuno no me refiero a un desayuno tipo continental o americano, no. Mi desayuno diario es un té con un bollo, masticando deprisa y sin apenas saborearlo. A veces paro en alguna de las tiendas próximas al edificio de mi empresa y compro una chocolatina para hacer desaparecer el aliento a tabaco. Me limpié la boca con la manga de la camisa y volví a mi puesto como si nada hubiese pasado. Mi compañera de mesa me preguntó dónde había dejado el dossier de las empresas nacionales. Girándome se lo entregué, la miré a los ojos y le dije:

-Me marcho a casa Zeynep, mi padre acaba de fallecer. Hazme el favor de decírselo al jefe.
-Oh, no!! Kemal, lo siento -exclamaba entre sollozos - Si te puedo ayudar en algo.. quieres que te acompañe?..que puedo hacer para aliviarte?..

- Por favor, únicamente haz lo que te he pedido. Si necesito algo ya te llamaré.

Soy el hermano menor en casa, tengo 27 años y soy homosexual. Toda mi familia nació aquí, pero los antepasados de mi madre provienen de la península Ibérica, concretamente de una ciudad llamada Granada. Mis aficiones son la música y el cine, pero no les dedico todo el tiempo que quisiera, ahora por mi trabajo, antes por otras circunstancias. No es que mi ciudad sea el centro neurálgico de la producción discográfica, y tampoco se celebran muchos recitales de artistas reconocidos, por lo que mis posibilidades de entretenimiento se reducen aún más. Esto no es París ni Londres. Esto es Europa y es Asia a la vez. Esto es Estambul.






jueves, diciembre 19, 2002

 
DULCES SUEÑOS SULTÁN - CAPÍTULO PRIMERO

Tengo los labios entumecidos de besar a tanta gente, que de paso diré, no conozco, aunque hoy no distinguiría ni tan siquiera mi imagen reflejada en el espejo. Acabo de llegar del entierro de mi padre y aún me siento turbado por lo ocurrido, como si solo se tratase de un largo sueño del que, aun siendo consciente de que es solo eso, un sueño, eres incapaz de despertar. Siempre sucede lo mismo. Sueño que estoy caminando por una calle tranquila, y de repente caigo en un hoyo muy profundo y oscuro. Me levanto y estoy rodeado de desperdicios de comida y de ratas, millones de ratas. Me asusto y comienzo a pedir ayuda mirando hacia el resplandor en lo alto del agujero. En ese instante me doy cuenta de que estoy soñando, que no es real, que yo mismo puedo tomar el control del sueño e intento despertarme. Pero solo lo consigue mi despertador.

Ese día había llovido toda la noche y los adoquines de las calles brillaban como si los acabasen de encerar. Cogí el tranvía en la estación de Haseki como hago cada mañana en dirección a mi oficina en el barrio de Taksim. La gente que va sentada en el vagón es la de siempre. Me asombro pensando como la raza humana se comporta a medida que transcurre el tiempo, de una forma anónima, haciéndose más palpable en las grandes ciudades. Ves cada día a las mismas personas, las mismas caras, las mismas miradas y nunca te acercas a ellas y entablas conversación o les dedicas una sonrisa. Luego llegas a tu trabajo, en el descanso te conectas a internet y chateas con personas que no has visto en tu vida, probablemente no conozcas nunca, y además se encuentran a miles de kilómetros de ti. Estaba sentado delante de mi ordenador, con el auricular del teléfono descolgado en la mano y con la otra llena de archivos por cerrar cuando mi hermano Yasir me llamó:

-Kemal, nuestro padre ha muerto.





domingo, diciembre 15, 2002

 
DORA Y JOSUÉ

No me he considerado nunca un gran seguidor del cine llamado independiente o producciones no-hollywood, quízá porque no tengo el tiempo suficiente para ver todo el cine que quisiera, pero hay ciertos títulos que han marcado mi vida. Recuerdo "Azul" en la que descubrí a una joven Juliette Binoche pálida y su vez oscura que me estremecía con su mirada perdida. Aún no puedo olvidarme de los tonos verdosos omnipresentes en "El olor de la papaya verde", ni tampoco de la hermosa relación que se crea entre Diego y David en "Fresa y Chocolate". Pero sin lugar a dudas, el film que más veces ha empañado mi retina es "Estacion Central de Brasil", un cinta que descubrí en un video club de barrio una nochebuena para verla con mi amigo Luis, tal como hacemos cada año. Cuando llegaron los títulos finales de credito, nació en mi un nuevo sentimiento sobre la verdad del ser humano y todo lo que tenemos en nuestra mano para ayudar a los que nos rodean, del sacrificio personal que a veces tendríamos que llevar a cabo por las personas que nos importan, un sentimiento imposible de describir con palabras. Pienso en Dora, en su pequeño negocio de escribir cartas a personas sin estudios, y pienso en la continuidad de dicho trabajo despues de conocer a Josué, ese niño perdido, sin más ilusión que encontrar a una madre, que esperar una familia. Es como si deseara que la vida de ficción que conocí viendo la pelicula se hiciese realidad, es más, me gustaría pensar que en este momento ella sigue alli, en aquella estación de Rio, viendo pasar los trenes cargados de pasajeros con destino al extrarradio de la ciudad. Recientemente Luis me regaló la exquisita banda sonora que abriga a sus personajes, y cuando la escucho en casa siento que están en mi comedor, que mientras yo barro la cocina, ella está tendiendo la ropa o escribiendo una de sus cartas en mi mesa, y que Josué juega con mi perro en la terraza.






martes, diciembre 10, 2002

 
LA ESPERA

Lo que más me irrita es esperar. Esperar en la cola de la taquilla del metro. Esperar a entrar en un cine para ver el estreno que he esperado durante varios meses. Esperar el turno en la charcutería. Esperar en la cola de un supermercado un sabado por la mañana. Esperar a que digan mi nombre en la consulta médica. Esperar al ascensor un lunes llegando tarde al trabajo. Esperar a que el camarero me pregunte que quiero tomar. Esperar a que el coche delante de mi moto se dé cuenta que el semáforo ya está en verde. Esperar al autobus cuando tengo prisa.Esperar en una cabina telefonica ocupada cuando tienes una urgencia. Esperar en un aeropuerto el vuelo que no ha llegado. Esperar que el agua salga caliente cuando me ducho. Esperar que acaben los anuncios para seguir viendo mi serie preferida. Esperar al telefono mientras me habla una voz fría pregrabada. Esperar a que el centro de revelado tenga mis fotos a tiempo. Esperar un aumento de sueldo. Esperar la respuesta afirmativa o negativa sobre la solicitud de mis vacaciones. Esperar en un atasco. Esperar a alguien que a su vez está esperando a otra persona. Y después de todo, mis amigos me consideran una persona paciente. ¿Que esperarán ellos de mi?





miércoles, noviembre 27, 2002

 
MEMORIA VS. FOSFORO

No recuerdo haber pasado tanto frío. Apenas caminaba iba notando el aire helado que se colaba por el bajo de mi pantalón. Es en ese preciso instante en el que siempre deseo estar en casa de mi madre, delante de la estufa de gas, tomando un vaso de leche caliente y rodeado de ropa recien recogida del tendedero, con mucho olor a suavizante. Encogí las manos dentro de mis bolsillos intentando captar todo el calor posible pero no lo conseguí. La calle Aribau me parecía eterna y con aquella ventisca aún más si cabe. Siempre me pasa que escojo los dias menos apropiados para salir al centro de la ciudad. Cuando llegué a la tienda de libros antiguos, y despues del portazo correspondiente debido al viento, me percaté de que no llevaba la cartera. ¿Donde la dejé?, iba pensando mientras deambulaba por los expositores llenos de libros viejos y polvorientos...¿donde la dejé? Al fondo del comercio había un hombre mayor, ¿donde la dejé?, pelo blanco, gafas redonditas..si, como el padre de Pinocho. Me sonreía mientras yo seguía pensando donde podía haber dejado mi cartera. De repente no sabía como había ido a parar a aquella tienda, ¿para que había venido? ¿Acaso quería comprar algún libro? No, no tenía ningun motivo aparente para estar allí, pero aún así todo me era familiar, como si tuviera un dejà vu. Me iba aproximando al mostrador donde estaba el propietario. Me miró y me hizo una señal para que me acercara a él:

-Es usted el señor Serrano, ¿cierto?
-Sí - le dije extrañado- De qué me conoce?
-Yo he sido quien le ha llamado por teléfono porque ayer tarde se dejó su cartera en mi tienda.
-Gracias - le contesté- Creo que he de tomar más fósforo.







martes, noviembre 26, 2002

 

Cada día tengo sueños más raros. Será la edad lo que transforma mis pensamientos en cosas irracionales, me digo por la mañana. Pero cada día me despierto con más desazón y desconcierto. El primer sueño extraño que tuve fue hace varios años. No deía haber cumplido los 15 años, en plena adolescencia. Yo estaba boca abajo, colgado de los pies. A mi lado, colgadas de un gancho metálico y frío, había un centenar de piezas de merluza (o cualquier otro pescado, da igual) en estado de descomposición. Yo las golpeaba con los pies y con el impacto desprendían un líquido similar al yodo, pero con un olor pestilente e intenso. La escena se repetía una y otra vez mientras se oían carcajadas a modo de bucle de una teleserie tipo "Apartamento para 3". Mi sueño finalizaba con una persecución, que como siempre pasa, acaba por despertarme en el momento en que me capturan. No es que sea un fan de las interpretaciones de sueños, pero este en particular me causó cierta curiosidad. Ahora, casi 11 años despues sigo teniendo pequeñas pesadillas similares, quizá cada vez más absurdas y sin sentido. Me gustaría tener un sueño perfecto en el que nada se tuerza, sí, un sueño bonito, sin demasiadas pretensiones ni cosas extrañas. Un sueño perfecto para una mente imperfecta.





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